LA LOCA DE LA CASA, DE ROSA MONTERO

Me he acostumbrado a ordenar los recuerdos de mi vida con un cómputo de novios y de libros.

Rosa Montero. La loca de la casa. Almoradiel Lee 2017.png

Así comienza La loca de la casa, de Rosa Montero, escritora que recibió el Premio Nacional de las Letras el mismo año que visitó Almoradiel Lee (2017, II edición). Cuando acabé el primer párrafo me puse el libro abierto sobre el pecho, como abrazándome, y pensé: «¿qué medida internacional uso yo para mis recuerdos?».

Un libro que en su comienzo te construye una pregunta en la cabeza es uno de los mayores hallazgos para un lector.

Las obras sobre el oficio literario son extrañamente complejas. Algunas funcionan como diarios de novelas, esos ríos paralelos que son cajón de sastre y válvula de escape para la historia y el autor (Millás afirmó que habría que publicar estos diarios en vez de la novela misma); otras son una teoría academicista, no siempre aplicada a la propia experiencia del escritor, o también una recopilación de correspondencias o conferencias y discursos. Es tan fácil caer en la lista de consejos que en ocasiones merece la pena huir preventivamente de estos libros. En este sentido, La loca de la casa tiene una estructura camaleónica, lo cual es un verdadero acierto. La experiencia personal del diario se mezcla con la concepción narrativa de la autora, con un lenguaje más cercano que de autoridad, consiguiendo otro de los hallazgos del libro: que empaticemos con la protagonista, es decir la narradora, es decir Rosa Montero.

Sobre este libro hay dos conceptos íntimamente relacionados: la escritura y la imaginación. Del primero, Montero advierte en las primeras páginas: la vida es un proceso de escritura, porque los recuerdos que nos construyen son lo que nosotros narramos, y varían los mismos hechos según quién los rememore; nuestro presente es una página en blanco lista para la invención. Para Montero vivir es escribir, y concluye: primero, que el escritor siempre está escribiendo; y segundo, que, como la vida, uno siempre escribe contra la muerte. La imaginación, entonces, funciona como elemento disociativo, como arcano y cosmos, y aunque Montero relaciona la escritura también al amor, veo más conexión con este segundo concepto, en tanto que surge sin aviso, en tanto que absorbe con su creación, en tanto que eleva e inunda todos nuestros ámbitos.

Sin embargo, este libro es, por encima de todo, un libro de lecturas. Las citas, referencias, anécdotas y experiencias de escritores que aparecen son un mapa vital de la autora, y ahí los lectores encontramos cierto recogijo al ver que su trayectoria se mezcla con la nuestra porque hemos leído la misma novela, o porque ese poema que tanto nos emocionó a ella le dio la idea de una nueva obra. Es esta la magia de La loca de la casa, la faceta que más conecta con nosotros: la fascinación que la literatura supone en cualquier momento de nuestra vida.

Alfonso Larrea

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