LAS LAGARTIJAS HUELEN A HIERBA, DE CRISTINA SÁNCHEZ-ANDRADE

Una niña azul y un niño sordo cavan una fosa en el jardín

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La lectura de Las lagartijas huelen a hierba es una necesidad para cualquier lector, porque esta, la primera obra de Cristina Sánchez-Andrade, merece cualquier premio, cualquier emoción, cualquier idea macabra y tierna que se nos pase por la cabeza: se trata de uno de esos casos en los que la ópera prima es el mejor comienzo para iniciarse en la trayectoria de una autora.

La historia de Fernanda y Luisito tiene múltiples orígenes: es, ante todo, una novela que hereda orgullosa la tradición popular europea, y que a mi parecer tiene una raigambre galega muy viva, como impresa sobre antiguos retratos de Castelao o sobre las naturalezas sonoras de Cunqueiro; al tiempo, es también una novela contemporánea, que absorbe la repetición formal y la atmósfera del Cela más trágico (Mazurca para dos muertos, 1983), la frialdad argumental de Kristof (El gran cuaderno, 1986) y la ternura estilística de autores coetáneos, como David Llorente (Kira, 1998). Ambas vertientes confluyen en una característica única: la profunda esencia poética que Sánchez-Andrade imprime a la estructura, más allá de los múltiples realismos maravillosos que el mito, la fantasía y las renovaciones literarias nos han dado.

Sobra aclarar que estos cauces nos llevan a un caudaloso río temático: la maldad. Si extirpamos el filtro Disney de las últimas décadas, la historia popular (desde el cantar de ciego hasta los cuentos clásicos, a menudo salpicados de religiones) tiene dos objetivos: entretener; enseñar; y los cumple cercanos a la experiencia de quien escucha, es decir, adecuados a lo vivido, donde el dilema bueno / malo se vuelve escurridizo, esquivo, difícil de diferenciar entre ambos conceptos, como sugieren las letanías:

Porque quizá Satán pueda ser un Dios desdoblado.

[...]

Y los bandos, a veces, están claramente definidos: los hombres son desvalidos y humildes o astutos y taimados.

Es quizá la virtud de la maldad saber esconderse en las acciones inocentes. Esto es tema y esencia de la novela, desarrollado con sutileza y crueldad por los personajes.

Almoradiel Lee acierta en incorporar, de manera decisiva, una vertiente literaria que no siempre ha tenido la repercusión que su relevancia tiene, porque el origen de la literatura es la palabra viva, y en nuestro propio origen siempre encontramos el mismo dilema difuso.

SÁNCHEZ-ANDRADE, CRISTINA. LAS LAGARTIJAS HUELEN A HIERBA. MADRID. LENGUA DE TRAPO. 1999

Alfonso Larrea

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