«Almoradiel Lee II». Reseña, a mi manera, de un festival singular, por Urbano Colmenero.

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Hay una lugar en la Mancha en el que los aviones de papel vuelan llenos de poemas. Existe un pueblo en la llanura manchega en el que vas pisando libros pintados sobre el asfalto de las calles. Es un pueblo pequeño, perdido en esa inmensa planicie que sintió en la tierra de sus caminos los cascos cansinos del jamelgo Rocinante, y en donde, una vez al año, se celebra un festival literario que acojona por su magnitud.

Del festival «Almoradiel Lee» tiene la culpa una mujer menuda, concentrada y sin embargo con una energía brutal. «Almoradiel Lee» nace de la rabia (sic) de la escritora Maribel Medina, de su indignación al comprobar que las gentes de este pequeño pueblo manchego leen libros. Y muchos. Coño, pues estupendo, ¿dónde está el problema? El problema era que los chavales del instituto y el club de lectura del pueblo no tenían poder de convocatoria para atraer a autores de renombre hasta Almoradiel. Y lo demandaban porque la gente de Almoradiel, en cuestión de literatura, siempre quiere más: quiere escuchar, hablar, oler, interactuar con sus autores favoritos.

Y es aquí, para desfacer este entuerto, cuando entra en escena Maribel Medina, y la bibliotecaria Pilar Pérez Muñoz, y la concejala de cultura Laura Sepúlveda Angulo, y los profes del IES Aldonza Lorenzo…, y, claro está, el alcalde Alberto Tostado. Un alcalde callado y discreto. Un alcalde atípico que no discursea ni se hace fotos a todas horas, que guarda humildemente su turno en la cola de firmas y que ni siquiera se presenta ante los autores como alcalde, tanto es así, que los autores se tienen que enterar por alguien que acaban de firmar un libro al alcalde. Un alcalde, en fin, que apoya, otorga y deja hacer a un equipo competente para que se construya cultura, algo que debería ser norma y, de tanto no serlo, nos parece una excepción.

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